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Duelo

Adiós al Maestro


La muerte es esencialmente inefable, pero la vida no. Y es precisamente por el modo en que se ha vivido como se pondera y llena de sentido el vacío existencial que impone la muerte.

Las grandes personas, las que siembran, las que abren caminos, las que aleccionan con el ejemplo, las que se entregan con generosidad en los actos cotidianos con que se construye la vida, aun en las partidas, siempre se quedan. Permanecen en el reconocimiento afectivo, en el reencuentro con sus logros, en la continuidad de sus obras.

El profesor Giorgio Zgrablich hizo de la docencia y la investigación herramientas formidables para “hacer escuela”, para marcar el destinos de muchas personas que abrevaron de sus notables condiciones académicas y científicas, y crecieron al calor de  aquellos valores fundamentales con que supo potenciar su indeleble presencia institucional: el esfuerzo, la perseverancia, la capacidad para organizar y promover dinámicas de grupo y la responsabilidad ética en el ejercicio de la investigación y el desarrollo científico. Educó como un gran profesor. Aleccionó como un gran maestro.

En alguna ocasión, con el convencimiento y firmeza que lo caracterizaban, cerró una entrevista ponderando uno de los anhelos que movilizaron su vida como docente e investigador: “Sueño con que lo que hagamos se proyecte en el país para bien de toda su gente”. Hoy, su sueño pervive en quienes se formaron al amparo de su idealismo.

Al decir de Pablo Neruda “Ya que nada podemos hacer para salvarnos de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”. Si la entrega generosa, y el compromiso con la educación y el destino de generaciones de jóvenes son, en buena medida, manifestaciones de ese amor fraterno que nos hace esencialmente humanos, Giorgio puede, en verdad, descansar en paz, porque su vida se llenó de sentido.

 

 Alberto Trossero